Es imposible eliminar todos los riesgos, pero sí los podemos controlar.

Parece increíble, pero en cada minuto y segundo de nuestra vida tenemos un porcentaje concreto de posibilidades de que nos ocurra algo e incluso de morir. Ahora mismo, mientras yo hago esta charla, el riesgo de que ocurra algo existe.

El riesgo es algo a lo que nos exponemos y nos enfrentamos cada día cientos de veces al día hagamos lo que hagamos. Las decisiones que tomamos, teniendo en cuenta las posibilidades de que ocurran los riesgos, las juzgamos como inteligentes, pero, ¿lo son en realidad? ¿Entendemos realmente lo que es el riesgo?

Por ejemplo, ¿qué es exactamente un riesgo de uno en un millón? Por describirlo de alguna manera podemos decir que esto, en sí, es igual a una gota de gasolina en el estanque de combustible de un vehículo liviano. Así, en el año 1985, un año que ha quedado grabado en la historia como de sangrientas acciones terroristas en el mundo, muchos viajeros de avión consideraron el riesgo de uno en dos millones de ser víctima de un acto terrorista como de inaceptable, pero al mismo tiempo consideraban aceptable el riesgo de conducir su vehículo, aún sabiendo que el riesgo de morir en un accidente de tránsito era 400 veces mayor.

¿Han pensado ustedes en que desde que nacemos e incluso antes de nacer estamos enfrentados a riesgos? ¿Y que cada acción que realizamos lleva consigo un riesgo o varios? ¿De dónde se deduce que no hay tal cosa como nivel de riesgo?

Lo anterior significa que deberíamos olvidarnos de ello o, por el contrario, preocuparnos excesivamente de los riesgos que nos acompañarán toda la vida (accidentes, enfermedades, terremotos, incendios, asaltos, robos, etc.

La respuesta yace en medio de esas dos preguntas; o en otras palabras, la solución resta en saber administrarlo para poder controlarlo. Esto significa, que podemos reducir la ocurrencia de un riesgo cambiando nuestro comportamiento. El llevar puesto el cinturón de seguridad, por ejemplo, puede reducir significativamente las posibilidades de muerte en un accidente. El dejar de fumar, hacer ejercicios físicos con regularidad y el no tomar alcohol en exceso, son otros ejemplos de una buena administración y control de riesgos. Existen, por tanto, muchas formas efectivas de armarse y de enfrentar contra los sucesos catastróficos como terremotos, que mucho podemos hacer no para prevenirlos porque no podemos, sino que para prevenir sus consecuencias de daño, es decir, reducir los riesgos.

Como es bien sabido en la vida, “lo inesperado es algo que podemos siempre esperar”, pero eso no quiere decir que nos debemos preocupar excesivamente.

El objetivo de reducir riesgos trae consigo ciertos costos: Tiempo, atención y recursos.

Las medidas preventivas no pueden nunca eliminar el riesgo, pero pueden reducirlo. Durante el proceso pueden hacer nuestra vida más segura, más fácil y menos fortuita, menos expuesta a los riesgo.

El control de los riesgos, además de familiarizar cabalmente a la gerencia, con el alcance de las pérdidas que pueden ocurrir debido a fallas técnicas de los equipos, sistemas y operaciones, puede ayudar a encontrar el camino conducente a la conservación de un mejor control sobre las operaciones. Su utilidad primordial es la de identificar señalar los riesgos y evaluar su nivel de peligrosidad y tomar las medidas de control de prevención y protección necesarias para que el o los riesgos de las instalaciones, lugares de trabajo, equipos o maquinaria, de las actividades y tareas y operaciones y procesos, antes que culminen en una situación de fallas que puedan deteriorar seriamente las operaciones.